“Fui infiel durante años, hasta que entendí algo”

¿Es posible ser fiel por elección y no por obligación?Esa pregunta cobró un protagonismo insospechado en medio de nuestra celebración por los veinticinco años de egresados.Un cuarto de siglo después de despedirnos del colegio, muchas cosas habían cambiado; sobre todo, nosotros. Con menos cosas que a

¿Es posible ser fiel por elección y no por obligación?
Esa pregunta cobró un protagonismo insospechado en medio de nuestra celebración por los veinticinco años de egresados.
Un cuarto de siglo después de despedirnos del colegio, muchas cosas habían cambiado; sobre todo, nosotros. Con menos cosas que aparentar, algunas mentiras empezaban a quedar demasiado expuestas, y vender futuro —como cuando teníamos veinte años— ya no era tan simple. A los cuarenta, el presente estaba bastante sobre la mesa y cualquier promesa de futuro era recibida con cierta cautela, o fácil de desenmascarar.
Los seis que nos sentamos juntos habíamos sido muy amigos en la escuela. Y aunque por las responsabilidades nos veíamos tres o cuatro veces al año, me llamó la atención que ninguno pareciera demasiado interesado en impresionar a los demás. La vieja competencia masculina parecía haber perdido bastante sentido, lo cual nos permitió hablar de verdad. De los seis, cuatro estaban casados, uno era soltero y yo estaba separado desde hacía algunos años.
Empezamos hablando de nuestras vidas, de lo que nos había pasado, de los trabajos, de los hijos, de las parejas. Hasta que, inevitablemente, la conversación derivó en el sexo.
Humildemente, yo podía jactarme de ser un experto en el asunto: fui un mujeriego empedernido y, quizás por eso, me interesaba especialmente saber cómo llevaban los demás ese tema.
Raúl había decidido no casarse nunca; era un atorrante y lo sabía:
—A mí me gusta más la joda que la vida, por lo cual no tengo ninguna chance de tener una familia razonable. ¿Para qué entonces arruinarle la vida a una mujer y a los chicos?
Lo dijo con una tranquilidad que nos daba cierta envidia. A los casados, por la libertad que tenía; a mí, además, porque él había podido aceptar. Yo, en cambio, lo quise todo: pareja, familia y joda. Obviamente, rompí todo.
En medio de esa confesión, Adrián contó que acababa de pasar un momento muy grato en una casa de masajes:
—Sigo enamorado de mi mujer, pero necesito descomprimir. Me resulta antinatural que una persona deba tener sexo durante toda su vida con la misma persona.
Llevaba quince años casado y tenía dos hijos. Con su mujer estaba todo bien, pero después de tantos años de convivencia ya no había novedad en acostarse con la misma persona. Eso sí, elegía las prostitutas para no correr el riesgo de enamorarse.
—O sea que lo que buscás es evitar perder el control y romper tu familia —le dije.
La paradoja era evidente. Y él me respondió con otra inquietud:
—¿Ustedes creen que es fácil enamorarse pasados los 40?
La pregunta me importaba de verdad. Yo me había acostado con muchas mujeres y estaba convencido de que mi vida sentimental había terminado. Había sufrido demasiado. Tantas veces creí encontrar al amor de mi vida para después descubrir que estaba equivocado. Así y todo, sostenía la ilusión de que podía encontrar una compañera con quien compartir la vida. Pero ya no esperaba esas locuras de las películas ni la euforia de los primeros meses: aprendí, dolorosamente, que ese estado de enamoramiento pasa. Siempre pasa.
Pero podía comprender la actitud de mi amigo en preservarse estando solo con prostitutas; a esta edad, enamorarse podía poner en riesgo todo lo construido: la pareja, los hijos, la casa, esa vida que tanto había costado armar.
“Ojalá que te enamores”, dijo alguno con ironía, recordando aquella frase que a los 20 era deseo y buen augurio, pero a los 40 mutaba en la maldición gitana. Porque ya sabíamos lo que venía después: perder el control, poner todo en cuestión y, quizás, terminar dejando atrás una vida entera.
Mario, que siempre había sido el más aplomado del grupo, tenía otra mirada.
—Yo no creo que esto sea solo un tema de nuestra edad. Me parece que dura toda la vida.
Para él, ser fiel pasaba por otro lado: podía tener sexo con otra mujer sin confundir eso con la persona con la que había elegido compartir su vida. Su único problema era que acostarse con alguien que no fuera su esposa implicaba mentir.
—Y mentir no me gusta —se sinceró.
No encontramos una respuesta para esa contradicción. La conversación siguió avanzando hasta que me animé a plantear algo que siempre me inquietó:
—¿Por qué es tan difícil hablar de esto con nuestras mujeres?
Si solo los hombres eran tan infieles, ¿con quiénes eran infieles? ¿Con un pequeño grupo de ninfómanas? Parecía más razonable pensar que ellas también tenían sus historias.
Diego contó entonces el caso de una compañera de trabajo que tenía una pareja estable y había acordado con ella que una vez por semana podían salir con quien quisieran. Al principio habían tenido miedo, celos e inseguridad; pero después de atravesarlo, la relación se había fortalecido. La idea nos produjo cierta perturbación, pero también nos dejó pensando.
Cuando la cena terminó, me quedé con una pregunta: ¿existiría dentro de veinte años la fidelidad tal como nosotros la entendíamos? Pensé en la lealtad entre dos personas, en la libertad y en todas esas contradicciones que forman parte de la vida. Llegué a casa con una sensación de plenitud, esa que aparece cuando se puede hablar a corazón abierto.
Ya acostado, me quedé pensando en mi propia vida. ¿Por qué estuve saltando de cama en cama? Recordé el comienzo de mi matrimonio, derrumbado ya hacía varios años. Sí, me había enamorado de otra mujer, pero también había dejado que aquello se muriera solo. Creí que la inercia nos mantendría a flote, cuando en realidad nos hundió. Había hecho lo que hacen tantos: se enamoran, se casan, forman una familia, se convierten en personas responsables, hasta que un día la vida estalla en pedazos porque uno no puede más seguir sosteniendo todo, y negando distintas áreas que también forman parte de uno mismo.
Durante mucho tiempo viví como si la calidad de mi vida pudiera medirse por la cantidad de mujeres con las que me había acostado. ¿Qué era yo? ¿Un cazador que cuelga todos sus trofeos en el living? ¿Y qué eran las mujeres para mí? ¿Presas?
Con los años, la locura empezó a aflojar. No sé si porque tengo menos hormonas o porque finalmente atravesé el camino en lugar de pasarme la vida reprimiendo lo que necesitaba vivir.
Si alguna vez vuelvo a estar en pareja, hay algo que me gustaría descubrir: quiero poder ser fiel porque me hace bien. Igual que aprendí a cuidarme con las comidas o a hacer ejercicio —no porque alguien me diga que tengo que hacerlo, sino porque descubrí que me hace bien—, ojalá con la fidelidad pueda pasarme lo mismo.
No sé si será posible. Pero por primera vez, después de tantos años, me interesa averiguarlo.
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
También te puede interesar
Dialogar con Roca gracias a la IA: historiadores y descendientes le hicieron preguntas al general
El asesinato del general Carlos Prats en Buenos Aires: espías chilenos, una “zona liberada” y una explosión en la madrugada
Encontraron a una mujer de 75 años muerta en su casa de Chaco y detuvieron a un vecino que habría intentado robarle


